Ella, lo único que piensa mientras contempla la tormenta es dónde estará su Valquiria, la Valquiria que la roza y le roba los sentimientos más profundos, aquellos que por su fuerza la hunden como una piedra en un lago. Soledad, tristeza, dolor, añoranza, impotencia. Nada calma tan dulcemente sus lágrimas como su Valquiria. Nadie conoce cómo los elogios de su Valquiria le cantan para dormirse…
No hay paraguas que detenga la lluvia cayendo sobre su rostro. Pero no le importa, ya que de esta forma nadie sabe que está llorando. La forma en que le miran con repulsión le asquea. Ella no entiende qué tiene de malo amar a otra chica. Ha recibido insultos, empujones, golpes, escupitajos y hasta le han lanzado algunas piedras. No hay nada peor para el día gris cuyo fin parece nunca llegar. Si su Valquiria pudiera estar ahí… Ella podría esconder su cabeza bajo sus brazos, podría sentirse protegida.
El frío y las horas que lleva llorando le han provocado fiebre, que le ha llevado a sufrir un delirio defensivo. Corre como puede, hacia donde su cuerpo le guía. Empieza a confundirlo todo. De repente, sus ojos visualizan cómo una simple rosa se transforma en su querida Valquiria: su cabello negro, liso y largo como si de las lágrimas del Demonio se tratasen. Sus ojos turquesa, sus labios rojo carmín, su piel blanca como la nieve… Sí, está segura de que es su Valquiria. Es inconfundible.
Ella, desesperada y exhausta, libera sus últimas fuerzas que, en un tono afónico y casi ronco, salen de su boca junto a sus últimos instantes de conciencia: -“Querida, temo que esta noche nuestro barco se hunda…’’
Sus ojos se cierran. Sus piernas tiemblan, su cuerpo falla. El golpe contra el asfalto le ayuda a desvanecerse. Su cuerpo necesitaba un descanso, y así lo ha reclamado.
Su mente reacciona de nuevo al notar que está empapada no de agua, sino de barro también. Éste ha penetrado su ropa e impregna toda su piel. Su dolor persigue. Sigue tirada en el mismo suelo, se ha dado cuenta de que han pasado tres horas y aun así nadie la ha recogido. Todo sigue igual, pero su Valquiria ya no está. ¿Por qué no la ha salvado? Ella sabe que debe volver a casa pero ha decidido no rendirse, ha decidido encontrar a su Valquiria y no separarse nunca más.
Helada de frío, se coloca debajo de un balcón cercano y saca su cajetilla de tabaco del bolsillo. Desgraciadamente, los cigarros están demasiado hechos polvo para ser fumados. Ella está perdiendo los nervios, tanto que un grito viaja desde sus pulmones hasta el más allá. Se ha vuelto loca, pero ella no se da cuenta, ya que su cerebro le invita a soltar palabras que a ella misma nunca se le habría ocurrido decir en un estado cuerdo.
“Tú me darás la mano cuando mi cara te invite a pensar que la necesito. Me abrazarás, me arroparás y me cubrirás cuando sientas que mi mano está fría. Me preguntarás qué me ocurre, cual es la causa de mi estado. Nunca girarás la cara y pensarás con indiferencia. Mi confortabilidad nunca te parecerá suficiente como para no pensar que me falta atención continua.”
Ella lleva sus manos hasta su cuello, sosteniéndolo con intención de reducir el dolor de su garganta. Aun así, decide gritar más. Decide ser oída.
“Tú me protegerás ante cualquier amenaza: te pareceré tan intocable que solo tú podrás tocarme. Vas a sentir mi dolor, vas a llorar por él tanto como yo. Nunca mi llanto te parecerá en vano. Nunca permitirás que nadie me toque. Ni que me haga daño. Ni que me aleje de ti… Mi piel será tu piel, mi alma se fundirá con la tuya. Seré tu cuarentena eterna…”
Algunas almas indiferentes se han asomado a la ventana, o al balcón, y ha observado al ser que merodea por la plaza desértica y oscura, rodeada de árboles, y una tenebrosa fuente adornada con una estatua de una dama preciosa montando un caballo alado. El agua de la fuente refleja su sucio rostro… Y refleja la oscuridad que abunda a sus espaldas a la cual no quiere mirar por miedo. Se ha dado cuenta de que la vigilan.
“Tú serás fiel conmigo. No tendrás ojos para nadie más. Evitarás la hostilidad y yo sentiré repulsión hacia todo lo ajeno ya que mi vida es tuya. Mi vida es tuya. Mi vida es tuya…”
Se arrodilla. Ha vomitado sangre y le parece como si su cabeza fuera a estallar. Sus manos se agarran a sus mojados cabellos y con un cacho de voluntad suprema retoma su espectáculo agonizante.
“Tú me entenderás, me respetarás. Querrás conocerme cada día más y aceptar todos mis defectos al igual que disfrutar de mis pocas virtudes. Valorarás mis esfuerzos, agradecerás mis favores. Seré una parte de tu vida, no un complemento para darle emoción. Mezclarás tus ideas con las mías y harás que nuestras motivaciones se cumplan de una manera justa, equilibrada y agradable. Por encima de todo intentarás que nuestra relación sea lo mejor posible, haciendo que nuestros momentos juntos se conviertan en una velada de sonrisas pero también llantos, depende del momento…”
Se tiende en el suelo. Suelta un suspiro de agotamiento. Pero de repente, sus ojos se giran hacia una esquina de la plaza. Ven una figura blanquecina que se acerca. Pero al lado hay otra figura. Ésta es negra. Ella parpadea seguidamente y consigue aclarar su visión, cosa de la que luego se arrepentiría.
Su Valquiria alza los brazos y acaricia el oscuro rostro que le acompaña. Dos labios se rozan, dos manos se agarran. Es un momento de confusión. Ella no entiende nada, pero sus labios prosiguen.
“Tú me harás sentir viva, harás que sienta que mi vida sirve para algo junto a ti. Me amarás y me lo harás saber. Nunca dejarás que el miedo entre en mí, queriéndome por siempre. Me alimentarás de tus besos, caricias, abrazos y mimos… Y sobretodo nunca, nunca me darás por perdida.”
A estas alturas, la figura negra, asustada, ya ha desaparecido entre los callejones. En cambio, su Valquiria, asustada, la contempla sin decir palabra.
Ella comienza a atar cabos. Pero no entiende por qué a ella. No entiende por qué a ella le acaban de clavar una estaca en la espalda sin una razón. Todo era tan racional para ella… Sigue sin entender. Una sensación de impotencia recorre todo su cuerpo. Su Valquiria la ha traicionado.
Su Valquiria corre hacia ella, pero cuando alcanza su mano la sangre ya se ha helado. Su piel ya ha palidecido. Sus ojos ya se han cerrado. Sus pulmones ya se han detenido. Su corazón ya no palpita… El gran corte de su brazo dentro de la fuente se confunde entre un mar carmesí, mientras la Valquiria de sus sueños lo sostiene alzado, y su mano se abre y descubre esa maldita hoja de metal que ya no brilla más.
Sus labios se oscurecen no antes de poder moverlos y susurrar: -“Bebe mi sangre, toma mi perdón…’’
Precioso...
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